El Nacional, domingo 21 de febrero de 1999, p. H-1
El 27-F llegué a Miraflores a las 9:00 de la mañana y en la avenida Bolívar
comenzaba el colapso. Cuando subí al despacho del number one (Carlos Andrés Pérez ),
llegó una secretaria, Gladys Vásquez, neurótica por la cola. «Me tuve que venir
caminando, pues los motorizados tienen eso trancado. Voy a llamar ya al
gobernador de Caracas».
El teléfono estuvo sonando todo el día, desde todas partes. Muchas llamadas
eran para solicitar audiencias, otras para saber si ya se había recibido tal o
cual correspondencia, que «cuándo me van a responder». Recuerdo la llamada de
Miguel Rodríguez en la tarde, desde Washington, donde se encontraba firmando la
carta de intención con el FMI, acompañado por Pedro Tinoco y Eglé Iturbe de
Blanco —ministra de Hacienda que no tomaba parte en las conversaciones, pues no
habla inglés. A pesar de la información que nos llegaba del ministro, el
titular de Relaciones Interiores, Alejandro Izaguirre, no daba crédito a las versiones
—ya en extremo delicadas— sobre lo que pasaba en Caracas. La avenida Francisco
de Miranda, en la parte que llega a la redoma de Petare, ya estaba destrozada
al mediodía. El Presidente no lo creía. Al final de la tarde nos preparamos
para salir al interior. CAP aprueba confiado su agenda del 28 y le ordena a
Izaguirre hablar por televisión al país. Viaja a Barquisimeto acompañado por
los ministros Reinaldo Figueredo, Moisés Naím y Carlos Blanco.
El jefe de la Casa Militar, general Oscar González Beltrán, nos dice a mí y
al ministro Naím que bajemos en nuestros carros, pues el Presidente lo hará en
el suyo. No es conveniente usar el helicóptero presidencial, pues ya se
encontraban francotiradores disparando como gatillos alegres desde los
edificios del 23 de Enero. Nos vamos por la avenida Sucre, porque Catia es un
desastre. Todo el mundo iba caminando, ya el Metro había cerrado sus puertas y
el transporte público estaba paralizado. Todavía no se veían vitrinas rotas ni
bandas saqueando.
Aviones y helicópteros En la rampa cuatro esperaba el avión presidencial.
Era la primera vez que subía en el triple cero uno. Un Boeing 737, cómodo para
vuelos cortos, pero muy deteriorado. El coronel Paredes, quien era el segundo
al mando en la Casa Militar, dijo que Lusinchi lo usaba poco, que a Blanca le
gustaba viajar en los Gruman. Por ello el descuido. «En los próximos días lo
enviaremos a EE.UU. para hacerle servicio y de paso aprovechamos para renovar
la cabina». También instrumentó un cambio para devolverle a la nave
presidencial la jerarquía que se merecía, mejorando su mantenimiento
sustancialmente e intercambiando con Viasa personal de cabina, pues eran
suboficiales de la fuerza aérea quienes atendía las naves presidenciales. A las
7:00 pm, cuando llegó el number one, le pregunta a sus ministros qué
información tenían sobre lo del día y Naím todavía no lograba hablar bien.
Carlos Blanco sí le hizo un análisis acertado. Le preguntó por el ministro de
la Defensa y CAP le dijo que había salido de Caracas, que a esa hora debía
regresar. «Yo he hablado con Izaguirre y el gobernador de Caracas». El vuelo
despega, CAP se encerró en su cabina a revisar papeles. Los ministros paladean
un «vasodilatador».
Aterrizamos en Barquisimeto y el gobernador, Mariano Navarro, acompañó al
Presidente al lugar donde se celebraría la reunión. En la suite del hotel le
dijeron al Presidente que observara la pantalla de TV: las imágenes eran
fuertes. «Eso fue al mediodía», dijo el number one. «Okey, pero hablen con
Izaguirre de todas maneras, llámenmelo», añadió. Antes de bajar al salón de
convenciones del hotel Hilton, CAP habló dos o tres veces; en tono terminante
dijo: «A esta hora ya todo se ha calmado». En su discurso le dice a los
miembros de la Asociación de Ejecutivos de Venezuela que «no hay que alarmarse
por la situación. Vamos a aprovechar la crisis para generar bienestar».
La ruta para llegar hasta el aeropuerto fue la más larga que podíamos usar.
La caravana presidencial se vio obligada a dar una tremenda vuelta, evadiendo
el centro de Barquisimeto. En esa ciudad la situación también había sido dura
durante el día. González Beltrán, quien era un oficial de altísima calificación
y un hombre responsable, estaba sumamente cauteloso. De hecho, cuando llegamos
a Maiquetía no quería que Número uno se bajara del triple cero uno. «¿Qué
pasa?», le preguntó Pérez. «Estamos esperando información, señor Presidente,
para ver si subimos por tierra o en helicóptero hasta La Carlota», respondió el
oficial. «A esta hora ya la gente se tranquiliza», dijo CAP, pero no le abren
la puerta del avión y reclama: «Bueno, bueno, yo me voy en mi carro, baje la
escalera que voy a salir».
Como yo no tenía carro, le pedí la cola hasta Miraflores al comandante Ramón
Rivero, jefe de la Escolta Civil, un extraordinario policía, valiente,
profesional, muy serio, quien me preguntó: «¿Tú le echas pichón a meterte por
la avenida Sucre, para ver si es verdad lo que dicen los militares?». «Vamos,
Ramón, ¿quién dijo miedo?», respondí. En eso subió al carro, sin pedir permiso,
el comisionado para la Concertación, Luis Alfredo Freites, quien también venía
en el vuelo. Subimos por una solitaria autopista. Cuando entramos en Catia ya
estaban las patotas de malandritos —como de 12 años, promedio— cayéndole a patá
limpia a las santamarías de los locales comerciales.
Visión horrorosa
Toda la avenida Sucre, que en las mañanas es fea y en las noches espantosa,
presentaba un aspecto aún más desfigurado. Parecía que Atila con sus bárbaros
hubiese pasado antes que nosotros. Cerca de la esquina del 23 de Enero, dos
carros quemados bloqueaban el tránsito; tres encapuchados impedían el libre
acceso de vehículos por la zona, valiéndose de una escopeta recortada, armas
cortas y cinco o seis cauchos quemados. El chofer preguntó: «¿Qué hago, comisario?».
«Tírales el carro», respondió el policía. Entonces embistió, decidido, contra
el encapuchado de la escopeta, quien nos apuntó directo al parabrisa. Yo iba en
el asiento de atrás, en todo el centro. La escopeta la vi en mi frente: «Ahora
vienen los perdigones», pensé. Ramón estaba armado con una Beretta 9
milímetros, la cargaba montada sobre el retrovisor derecho. No hubo fuego. El
encapuchado brincó cuando el carro amenazó con atropellarlo. Mi amigo
permaneció flemático.
—¿Te puedo hacer una pregunta, hermano? -le dije a Rivero cuando ya habíamos
entrado en Palacio.
—Con toda confianza -respondió.
—¿Por qué no le disparaste a ese tipo? Ha podido matar a cualquiera de
nosotros.
—Porque el amigo tuyo, ése que se monto sin pedirme permiso, hubiera estallado
en sollozos, por los derechos humanos de esos bandidos. Esto es muy serio,
Ignacio, no debemos perder tiempo, hay que actuar sin contemplaciones. Vamos a
hablar con el Number one.
Me respondió el edecán de guardia, quien venía con el Number one en la
limosina presidencial. «Nos salimos por la avenida San Martín y luego subimos
hasta aquí por la Baralt», explicó un escolta, ante la pregunta de Rivero,
quien quiso saber por qué habían tardado tanto en llegar a Palacio.
—Presidente, usted tenía razón, la cosa es delicada —se escuchó desde el
otro lado de la línea. CAP estaba conversando con Italo del Valle Alliegro,
ministro de la Defensa, a quien había llamado desesperado cuando entró a su
despacho.
El Presidente, después de hablar con Alliegro, llamó a Gonzalo Barrios. CAP
contó por la línea lo que sucedía: «Es horroroso lo que vi en los sitios en los
que me metí cuando venía para Miraflores». Le dijo a Barrios que había ordenado
movilizar tropas del Ejército desde el interior, como fuera, pues Caracas no
contaba con los efectivos suficientes. El contingente no se había renovado
enteramente en enero, como siempre se hace, por las elecciones de diciembre.
Barrios acotó: «Cuando el ejército sale a la calle, es para matar gente», eso
detuvo un poco el ímpetu azaroso de CAP.
—De todas maneras, transporten efectivos del interior, a como dé lugar —le
reiteró a Alliegro en otra llamada interministerial. En ese momento abandoné el
despacho presidencial y me ubiqué en el área de la Secretaría Privada. No
recuerdo que CAP hablara ni con Izaguirre ni con los gobernadores de Caracas o
Miranda. Tampoco que éstos lo hubiesen llamado mientras permanecí atendiendo
sus teléfonos. Era más de la 1:00 de la madrugada del 28, cuando el Presidente
subió para su cuarto: «Voy a intentar descansar algo», dijo. «No, no tengo nada
de hambre», le respondió al mesonero cuando le preguntó si deseaba cenar.
«Tráigame una manzanilla y me despiertan por cualquier llamada o cosa
importante que suceda».
La cosa está fea
El teléfono repicaba y repicaba. Algo nunca visto a esa hora. La gente
llamaba para saber qué hacer. Desde Coche, El Valle, Caricuao, La Vega y de
otras parroquias caraqueñas entraban mensajes telefónicos en los que cundía la
angustia, el desasosiego. «Hijo, haga algo, dígale a Carlos Andrés que me están
destruyendo la casita y me están robando los perolitos», me rogaba una
compañera desde Antímano. Aún hoy, cuando esto escribo, siento intactos —e
impotente— sus desgarros. Era cierto, incluso durante toda la madrugada hubo saqueos
en las inmediaciones de Miraflores. Frente al Liceo Fermín Toro, las hordas
tenían una especie de depósito a donde llegaban con las mercancías que lograban
robar por la zona. Los soldados de la Guardia de Honor permanecían inmóviles,
custodiando el Palacio, atentos, esperando instrucciones sobre cómo actuar.
Estuve como hasta las 4:00 entre el estacionamiento y el despacho de Number
one; el acceso para el helipuerto era restringido. Desde el 23 de Enero, los
«gatillos alegres» proseguían incesantes la descarga. A pesar de la hora se
mantenían las llamadas desde diferentes zonas de la capital. Me fui a descansar
a Sabana Grande. Dejé el paltó y la corbata para caminar con comodidad. Al
pasar por el liceo, uno de los malandros que estaba frente a su guarida, medio
drogado o medio borracho, sin dirección en la vista, preguntó si yo no iba a
«saquiá también». «No, brother, voy pa'otro lao», respondí para seguir raudo en
busca de un taxi.
Unas horas después, a las 7:00 de la mañana, salí para Palacio en metro, mi
carro me lo habían robado en los días previos a la toma de posesión. Subí
caminando hacía la Urdaneta. Entre La Francia y la esquina de Jesuitas, unos
guardias nacionales venían persiguiendo a un maleante que había pretendido
destruir la vitrina de una joyería. Seguí caminando y llegué a Miraflores a las
9:00 am. «La cosa está fea», me dijo un dirigente sindical de AD, Federico
Ramírez León, quien ya había sido autorizado para una ayuda mensual por 100.000
bolívares de la partida secreta. El no sabía que yo lo sabía, y a lo mejor era
verdad que andaba informándose y no cobrando su cosita, que para esa época eran
más de 2.000 dólares. Cuando entré al despacho, ya CAP estaba reunido con
varios colaboradores. A las 11:00 era la reunión del Consejo de Ministros, para
redactar un decreto de suspensión de garantías.
Después de la reunión ministerial se produce una cadena de conversaciones
con distintos sectores del país, para explicarles a cada uno de ellos las
medidas que se iban adoptar. ¡Pero nada se hacía!
Toda la élite del país se reunió en Miraflores y entendió que debía apoyar
el sistema. Por eso creo que no cayó el gobierno, en ese momento. Lo contrario
no lo hubiera soportado nadie. La poblada aflojó la reticencia de las cúpulas
para materializar acuerdos. Por ejemplo, fue en el comedor de los ministros —no
almorzando precisamente— y cerca de las 3:00 de la tarde, donde Hugo Fonseca
Viso y Antonio Ríos se pusieron de acuerdo, súbitamente, en algo que los había
mantenido enfrentados todo el mes: el nuevo salario mínimo. Cuando regresé a
Palacio, CAP todavía le estaba contando a un grupo —recuerdo que estaban
Teodoro Petkoff, Andrés Velásquez y Vladimir Gessen— cuáles serían las
garantías que se suspenderían. Petkoff decía que el MAS «no apoyaría el acuerdo
de suspender garantías, si el Gobierno no aplazaba su paquete
fondomonetarista». «Esto se está alargando más de lo debido», le dije al
ministro Reinaldo Figueredo. Le conté la angustia, el desasosiego que vi. «Es
verdad, pero ésta es la última reunión», respondió Figueredo. Dicho y hecho,
terminada la conversa, number one salió de allí ¡por fin! para hablarle a
Venezuela desde el Salón Ayacucho.
Imagen televisiva
Después de la cadena de televisión, en la que CAP anunció la suspensión de
garantías, nadie podía salir, pues ya el toque de queda había comenzado y nadie
tenía salvoconducto. Se tuvo que autorizar al jefe de la Casa Militar para que
firmara el de las personalidaes y el de los empleados que todavía estábamos en
Palacio. Number one se fue a su despacho; pidió que hicieran pasar a Ramón J.
Velázquez, quien se encontraba en el salón. Quería saber lo que Velásquez
pensaba acerca de todo lo sucedido. Me quedé en el salón Ayacucho, donde
Izaguirre iba a leer el decreto de suspensión de garantías. «Es mejor grabar
eso», le sugirieron a Pastor Heydra, quien dijo: «¡No! Hay que salir al aire de
una vez. La gente está deseosa de saber algo».
Lo mismo que sintió el ministro del Interior cuando comenzó a hablar, creo
que lo sentí yo: un cavernoso vértigo. El ministro de la Defensa escarmentó en
cabeza ajena y ordenó: «A mí me graban». Se intentó cuatro veces y a la quinta
resultó. El uso de la tecnología lo convirtió en héroe nacional. «Ese hombre
salvó al Gobierno», decían unos. «Tiene carisma», exclamaban las mujeres. «¿Que
le pasó al ministro Izaguirre? «, preguntó Pérez. «Se le bajó el azúcar», fue
la respuesta del doctor Téllez. En la calle se especulaba que «embarró los
pantalones». «No, eso fue que no lo dejaron hablar los militares», exponían
otros. La industria del rumor regresaba después de muchos años en recesión. Así
son las cosas.
A las 8:00 pm se marchó la última de las personalidades que quedaban en el
despacho. Number one invitó a cenar a Claudio Fermín y a Héctor Alonso López en
su suite. Afuera, los disparos todavía se escuchaban desde el 23 de Enero.
También el paso de helicópteros del Ejército, que transportaban tropas desde diversos
puntos del interior. Llegaron, entre esa noche y la mañana siguiente, más de
8.000 refuerzos para frenar el vandalismo.
Subí a despedirme de Number one, la cena estaba terminando. En eso escuche a
Héctor Alonso decirle al Presidente una cosa que después él repetiría,
provocando la reacción de empresarios y de gente adinerada: «Esto fue una
reacción de los pobres contra los ricos». Minutos antes, uno de los edecanes de
CAP, el capitán Julio Peña, embutido en traje de campaña y con un FAL en sus
manos, afirmó: «A partir de este momento se sabrá si todo esto fue dirigido. Si
se producen saboteos de cualquier tipo, es porque hay alguien detrás de todo
esto». Esa era la gran pregunta que se formulaban todos los miembros de la
élite venezolana, reunidos en Palacio esa tarde. Ninguno fue capaz de reconocer
que ellos mismos eran culpables, por su egoísmo, por sus corruptelas, por su
autismo de tantos años. Claudio se levantó de la mesa y todos lo siguieron.
Aproveché para irme con él. Estaba agobiado de tanta vaina. Sentado en el
interior de su carro, un Conquistador blanco, me impresionó el control
parsimonioso que usaba para dar instrucciones a su chofer sobre cómo conducir:
«Despacio», le decía con los letargos que le imprime a su timbre de voz,
«encienda las intermitentes; encienda, además, las luces interiores, para que
podamos ser vistos desde afuera», y agregó: «Enseñe este papel cada vez que lo
detengan». Los salvoconductos. Nos pararon en tres oportunidades. Todas fueron
como orquestadas. La actitud violenta, represiva, la compartía la soldadesca en
esas alcabalas improvisadas.
Este artículo de prensa, publicado el 21 de febrero de 1999 por el diario El Nacional, nos cuenta o señala las experiencias vividas de Ignacio Betancourt, Secretario Privado del presidente a cargo, en los días en las cuales se desato El Caracazo, nos explica todos los acontecimientos ocurridos desde adentro, es decir, desde el aspecto político de este suceso, es importante hacer mención que El Carazo fue un problema que se desato como consecuencia del “paquete” o medidas económicas implementadas por el en ese entonces presidente de la Republica, Carlos Andrés Pérez, donde el aumento del precio de la gasolina fue de un 100% y el aumento del transporte público de un 65%, estas medidas fueron las que desataron los sucesos del pasado 27 de Febrero de 1989, saqueos, muertes y sobretodo un alzamiento de los habitantes de las zonas más populares de Caracas, es decir, Catia, Petare, el 23 de Enero, y algunas adyacencias de la Capital como La Guaira, Miranda y a su vez se unió a este Barquisimeto.
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