lunes, 18 de marzo de 2013

El Caracazo.


 Juan Manuel Karg 

El caracazo.
29-10-2005
Al poco tiempo de iniciar Carlos Andrés Pérez su segundo período presidencial, tuvo lugar entre los días 27 y 28 de febrero de 1989 un estallido masivo y sorpresivo de violencia popular. La magnitud del hecho estremeció a la sociedad venezolana e impactó a la opinión pública internacional, debido al alto grado de popularidad que tenía la figura de Pérez y que se vio expresado en la gran cantidad de votos con los cuales resultó electo y que le daban un-supuesto-amplio margen de acción para su gestión gubernamental. En este sentido, el 16 de febrero de 1989 el recién posesionado presidente de la República Carlos Andrés Pérez, presentó ante el país un programa de ajustes macroeconómicos llamado popularmente "paquete económico", concebido para generar cambios sustanciales en la economía nacional.
En términos generales, el paquete comprendía decisiones sobre política cambiaria, deuda externa, comercio exterior, sistema financiero, política fiscal, servicios públicos y política social. Entre las principales medidas anunciadas figuraban la decisión de acudir al Fondo Monetario Internacional y someterse a un programa bajo supervisión de ese organismo con el fin de obtener aproximadamente US $ 4.500.000.000.000 en los 3 años siguientes; la liberación de las tasas de interés activas y pasivas en todo el sistema financiero hasta un tope temporal fijado en alrededor del 30%; unificación cambiaria con la eliminación de la tasa de cambio preferencial.
 Determinación de la tasa de cambio en el mercado libre de divisas y realización de todas las transacciones con el exterior a la nueva tasa flotante; liberación de los precios de todos los productos a excepción de 18 reglones de la cesta básica; incremento gradual de las tarifas de servicios públicos como teléfono, agua, electricidad y gas doméstico y sinceración general de precios de las empresas públicas; aumento anual en el mercado nacional durante 3 años de los precios de productos derivados del petróleo,
con un primer aumento promedio del 100% en el precio de la gasolina; aumento inicial de las tarifas del transporte público en un 30%; aumento de sueldos en la administración pública central entre el 5 y el 30% e incremento del salario mínimo a Bs. 4.000 en el área urbana y a Bs. 2.500 en el área rural; racionalización y eliminación progresiva de los aranceles a la importación; reducción del déficit fiscal a no más del 4% del producto territorial bruto (PTB) y congelación de cargos en la administración pública.
Todas las medidas mencionadas anteriormente excepto la última eran de aplicación inmediata. En tal sentido, el alza de la gasolina debía efectuarse a partir del 26 de febrero de 1989 y las tarifas del transporte público urbano en un 30% a partir del 27 de febrero, válido para los 3 meses siguientes, después de los cuales podrían aumentarse hasta el 100%. No obstante, los transportistas no estuvieron de acuerdo con el aumento inicial del 30% al considerar que el mismo debía ser de al menos un 70%, por lo que la Cámara del Transporte convocó un paro para el día 27 de febrero como medida de presión sobre el Ejecutivo Nacional.
 Ese día los chóferes de las rutas interurbanas (sobretodo las que cubrían el trayecto entre Guarenas y Caracas) iniciaron sus recorridos habituales tratando de imponer sus tarifas y desconociendo el pasaje estudiantil.
 Ante tales circunstancias los usuarios reaccionaron con un alto grado de violencia contra las unidades de transporte, muchas de las cuales fueron destruidas y quemadas. Asimismo, en poco tiempo la violencia se desbordó al comenzar el saqueo y destrucción de locales comerciales, desde pequeños abastos hasta supermercados; también fueron atacados diversos tipos de locales comerciales, talleres y pequeñas fábricas; y tuvieron lugar intentos de penetrar por la fuerza en áreas residenciales de sectores de clase media y alta.
 En cuanto a los protagonistas de los actos vandálicos, tenemos que los mismos fueron perpetrados en su mayor parte por sujetos de estratos populares, aunque también estuvieron involucrados individuos pertenecientes a la clase media.
Los actos de violencia del 27 de febrero de 1989 se iniciaron en Guarenas (Edo. Miranda) y en algunas zonas del área metropolitana de Caracas como Caricuao, los alrededores del Nuevo Circo y La Guaira. Posteriormente, la onda de violencia de extendió a otras zonas del área metropolitana de Caracas y las principales ciudades del interior del país como Maracay, Valencia, Barquisimeto, Mérida y Ciudad Guayana.
El estallido tuvo un carácter espontáneo; es decir, las acciones no fueron dirigidas por organizaciones partidistas o de otro tipo, y en ellas se combinaron actos violentos de protesta popular, junto con hechos de evidente orientación delictiva. Aunque el alza de los precios de los pasajes del transporte colectivo fue el detonante de los hechos del 27 de febrero, para comienzos de 1989 se vivía en el país un gran desasosiego ante las expectativas y conflictos generados en torno al cambio de rumbo de la política económica llevado a cabo por y su gabinete.
Por otra parte, esta situación de vio agravada a lo largo de enero y febrero de 1989, cuando se desató el acaparamiento y la especulación con los productos de primera necesidad, lo que causó desabastecimiento e inflación. Es por ello que luego de la inicial reacción en contra de los transportistas y sus unidades, la acción popular se extendió en contra de los locales comerciales de expendio de bienes de consumo, en cuyos depósitos fueron encontrados muchos de los productos que habían desaparecido en los meses que precedieron al estallido. Dado el carácter simultáneo, masivo, sorpresivo y violento de los acontecimientos del 27 de febrero, las fuerzas policiales regulares se vieron superadas por los mismos, dando la impresión de no saber como actuar ante un fenómeno de violencia social de tal magnitud. En virtud del desbordamiento de la situación, hacia el mediodía del día 28 el presidente Pérez, reunido con el Consejo de Ministros, ordenó a la Guardia Nacional y al Ejército reprimir los disturbios.

 Igualmente decretó el estado de emergencia, previsto en el artículo 240 de la Constitución de 1961, con lo que quedaron suspendidas un grupo de garantías constitucionales durante los 10 días siguientes:  Las Fuerzas Armadas asumieron el control del orden público y se estableció un toque de queda a lo largo del territorio nacional. Pasados los 10 días, el presidente Pérez solicitó la autorización del Congreso para mantener el estado de emergencia, la cual fue concedida aun cuando se restituyeron algunas garantías y se suprimió el toque de queda.
 Como consecuencia de los actos de saqueo que siguieron durante la suspensión de las garantías y la paralización del país, se produjeron enormes pérdidas para los dueños de los locales comerciales y de los transportes urbanos. El balance de pérdidas humanas dejado por los hechos del 27 de febrero de 1989 fue según cifras oficiales de 300 muertos y más de un millar de heridos.
 Sin embargo, de acuerdo con algunos reportes extraoficiales el número de muertos llegó al millar. La mayor porción de las víctimas de este estallido resultó a consecuencia de la intervención de la Guardia Nacional y del Ejército en el control del orden público, lo sería repudiado y serviría de justificación para los militares que se alzaron el 4 de febrero de 1992.
En términos generales, las condiciones socioeconómicas generadas a partir del 18 de febrero de 1983, cuando tuvo lugar una drástica devaluación del bolívar, y acentuadas por las irregularidades en el intercambio económico ocurridas durante los últimos meses de 1988 y primeros de 1989, crearon en la población fuertes sentimientos de frustración socioeconómica y falta de credibilidad en la capacidad y voluntad de las autoridades públicas y de los agentes económicos para actuar con seguridad y equidad.
 Por otro lado, el proceso electoral de 1988 había generado ciertas expectativas de superación socioeconómica y política del país, sobretodo en torno a la figura de Carlos Andrés Pérez quien de alguna manera prometió durante la campaña electoral la posibilidad de la vuelta a la bonanza económica experimentada en su primer mandato (1974-1979). Sin embargo, el anunció del programa económico liquidó las ilusiones de la población y acentuó el desencanto no sólo hacia el gobierno de Pérez sino hacia un sistema político que evidenciaba la carencia de canales adecuados para la participación política y social.
 Por tal motivo, a raíz de los sucesos del 27 y 28 de febrero de 1989, fueron severamente cuestionados los partidos y organizaciones políticas (sobretodo AD y COPEI), al ser presentados como factores contrarios al cambio y sordos a las necesidades de la población, lo cual se evidenciaría en la situación crítica que se experimentó en los años venideros
Tal sería la voracidad del plan propuesto, que a dos semanas de su anuncio los efectos nocivos comenzaban sentirse en el aumento desmedido de los servicios públicos. El 27 de Febrero los habitantes de Guarenas, ciudad satélite de caracas, se negaron a pagar el aumento del transporte público para ir a sus trabajos en la capital.

Surgió allí un primer foco de protesta que se multiplicó espontáneamente por todo el territorio nacional. Sin organización política alguita o liderazgo, los excluidos se alzaron contra el poder inmoral constituido. Así pues, Guarenas, Caracas y otras ciudades fueron escenario de la primera gran reacción social contra las políticas neoliberales. El pueblo venezolano salió masivamente a las calles a expresar su frustración, llegando incluso a desbordar los cuerpos de seguridad y a saquear algunos locales comerciales, especialmente supermercados, como señal del hambre y la miseria que ya eran insoportables y que evidentemente se incrementarían con las medidas de privatización y desregulación aplicadas por el gobierno.
La respuesta de las autoridades fue implacable; el despliegue del ejército en todo el país para arremeter sin clemencia con armamento de guerra contra los manifestantes. Durante los días de protesta popular, los medios de comunicación privados audiovisuales y escritos, con su abrumador alcance  y sus ingentes recursos técnicos y financieros, se dedicaron a calificar los hechos como actos de delincuencia y violación de la propiedad privada, Ignorando los reclamos de fondo y justificando la intervención inhumana del ejército.
El cobro exagerado bastó para que en Guarenas se iniciaran los brotes de violencia. A eso de las 4:00 pm del 27 de febrero de 1989, diversos grupos manifestantes comenzaron a trancar vías y armar barricadas dispuestos a enfrentarse a los cuerpos de seguridad. De manera rápida las manifestaciones pasaron a los saqueos, y como una bomba atómica, fue esparciéndose por el resto del país: Caracas, Miranda, Aragua, Carabobo, Yaracuy, fueron todos escenarios de saqueos, muertes y tiroteos.
Ya para el 28 de febrero de 1989, los titulares corrían por la prensa con el mismo calor y prisa de las protestas en la calle: "Tomados el Nuevo Circo y los Alrededores de la UCV", "Manifestaciones en ocho ciudades del interior", "Violencia en el Litoral", "Sector comercial de Guarenas destruido por turbas de saqueadores", "Caracas estremecida por la violencia", o como rodaron los titulares en la primera plana de El Nacional ese día:" CAP: no se justifica estado de efervescencia", "Suspenden las clases en el Estado Miranda", "Saqueos y disturbios en el país en contra de medidas económicas"… y las culpas no se hacían esperar, Alfredo Álvarez en un artículo de El Nacional lo reflejaba en su titular: "El FMI encendió las calles de Caracas".
Los manifestantes se ensañaron en contra de los negocios con propiedad extranjera. Enseguida, las Santa María de los comercios comenzaron a decir en sus caras, escrita con spray, la frase Soy Venezolano, para evitar ser saqueados.
Las pérdidas comenzaban a contabilizarse, y eran traducidas en dinero y en vidas perdidas: "Bs. 200 millones en pérdidas en el Litoral Central", "Más de 80 muertos, 800 heridos y mil detenidos en 2 días de disturbios", eran los titulares de la prensa para el 1 de marzo.
Dado el carácter simultáneo, masivo, sorpresivo y violento de los acontecimientos del 27 de febrero, las fuerzas policiales regulares se vieron superadas por los mismos, dando la impresión de no saber como actuar ante un fenómeno de violencia social de tal magnitud.
 En virtud del desbordamiento de la situación, hacia el mediodía del día 28 el presidente Pérez, reunido con el Consejo de Ministros, ordenó a la Guardia Nacional y al Ejército reprimir los disturbios. Igualmente decretó el estado de emergencia, previsto en el artículo 240 de la Constitución de 1961, con lo que quedaron suspendidas un grupo de garantías constitucionales durante los 10 días siguientes.
Las Fuerzas Armadas asumieron el control del orden público y se estableció un toque de queda a lo largo del territorio nacional. Pasados los 10 días, el presidente Pérez solicitó la autorización del Congreso para mantener el estado de emergencia, la cual fue concedida aun cuando se restituyeron algunas garantías y se suprimió el toque de queda.
Como consecuencia de los actos de saqueo que siguieron durante la suspensión de las garantías y la paralización del país, se produjeron enormes pérdidas para los dueños de los locales comerciales y de los transportes urbanos.
El balance de pérdidas humanas dejado por los hechos del 27 de febrero de 1989 fue según cifras oficiales de 300 muertos y más de un millar de heridos. Sin embargo, de acuerdo con algunos reportes extraoficiales el número de muertos llegó al millar. La mayor porción de las víctimas de este estallido resultó a consecuencia de la intervención de la Guardia Nacional y del Ejército en el control del orden público, lo sería repudiado y serviría de justificación para los militares que se alzaron el 4 de febrero de 1992.Ese pueblo humillado, había comenzado no sólo a saciar su hambre orgánica, sino que intentaba equilibrar la desigualdad social acortando la inmensa brecha que había entre los que tenían y los que no. Esas cosas con las que lo bombardeaban todo el día los medios publicitarios y que le eran inalcanzables, sencillamente lo tomó. Satisfacían las necesidades creadas por el consumismo desaforado.
Ellos mismos habían creado un monstruo, que hoy se los estaba comiendo. Innegablemente hubo aprovechamiento de algunos delincuentes, en todo este desorden callejero, pero fue un movimiento de total espontaneidad. Casi de inocencia.
Esto es tan cierto, que cuando bajaron los niveles de euforia y se decretó el toque de queda, hubo muchos muertos porque no entendían lo que eso significaba, ni qué era lo que estaba sucediendo. Fue como la reacción de un niño malcriado, que hace un berrinche y que luego se queda como que no sucedió nada. Todo fue una explosión de adrenalina, de rabia acumulada, pero que cuando “pasó”, este bendito pueblo, volvió a su normalidad. Volvió a ser el bromista, el dicharachero de siempre y se encontró que había comenzado el segundo acto de esta opereta de muerte. En esta segunda parte, sería igualmente protagonista, pero de una manera trágica. En este momento entra en acción el aparato represivo-asesino de un Estado criminal. Se suspenden las garantías constitucionales y se decreta el toque de queda. El país quedó bajo Ley y mando Militar. Se generaron órdenes de disparar vilmente contra el pueblo.

Durante los desordenes, se produjeron muchos heridos de cortaduras por las vidrieras rotas o por cualquiera otra circunstancia propia de la situación. Se habrá generado uno que otro muerto, quizás hasta producto de alguna individualidad. Pero la “masacre”, el “genocidio” se ordenó una vez que ya habían finalizado los saqueos y desordenes, mismos que ellos no habían impedido. Es decir, se permitió que los ánimos se exacerbaran y una vez que ya había vuelto la calma, tomaron posición las hienas carroñeras. Aun hoy día se desconoce la cifra exacta de muertos. Insisto, los muertos se produjeron ya finalizados los saqueros. Fue la toma militar, en una situación de guerra unilateral, la que asesinó al pueblo venezolano.
Se ordenó disparar con armas y hasta tanques de guerra, contra un pueblo física y moralmente desarmado.

La Reconstrucción de la Nación y la Lucha por la Memoria Histórica en Venezuela

Documento en PDF escrito por Martha Lucía Márquez Restrepo, sobre el suceso del Caracazo.

http://www.unilibre.edu.co/dialogos/admin/upload/index.php?act=view&id=192

Video.

Video del Caracazo


Álbum del Caracazo.

Álbum del Caracazo.









El Caracazo (Actualidad)

(Caracas, 27 de febrero. Noticias24) Tal día como hoy se conmemoran 24 años del “Caracazo”, una serie de sucesos que marcaron la historia de Venezuela originados durante el período presidencial de Carlos Andrés Pérez.

De acuerdo a los antecedentes, las protestas comenzaron a raíz de que el Jefe de Estado anunciara días antes las nuevas medidas económicas, en donde señalaba que habría un incremento no inmediato, sino gradual de las tarifas de servicios públicos como teléfono, agua potable, electricidad y gas doméstico, además del aumento anual en el mercado nacional durante 3 años de los precios de productos derivados del petróleo, con un primer aumento promedio del 100% en el precio de la gasolina, así como también una determinación de la tasa de cambio en el mercado libre de divisas y realización de las transacciones con el exterior a la nueva tasa flotante, aumento del transporte público de un 30% , entre otros.

A partir de ese momento, y a tan solo semanas de que el Presidente Pérez habría asumido el mandato, decidió ejecutar a lo que llamó “Paquete Económico”, mientras se incrementaba la pobreza en el país.

En la tarde de ese lunes, a consecuencia de las violentas protestas, los venezolanos no contaban con transporte público y los comercios permanecían cerrados.

Es entonces cuando un 27 de febrero de 1989, el pueblo con menos recursos económicos tomaron las calles en forma de protesta, desatando saqueos y violencia en Caracas, pero que inicialmente se habría originado en la ciudad de Guarenas, mientras que el presidente de aquel entonces Carlos Andrés Pérez se encontraba al mando de la nación.

Según cuenta la historia venezolana, al principio en los sectores populares había protestas pacíficas, pero ante el descontrol de los funcionarios de seguridad, se produjeron fuertes enfrentamientos, motines y protestas, tornándose de forma más violenta.

Sin embargo, el pueblo venezolano no se imaginó que un día después, el 28 de febrero sería un día lleno de masacres que marcaría la historia del país. Al amanecer, ciudades como La Guaira, Maracay, Valencia, Ciudad Guayana, Mérida y Barquisimeto se habían sumado a los disturbios por lo que el Gobierno tuvo que declarar Toque de queda.

Aunado a estos acontecimientos, las principales ciudades del país se llenaron de militares, quienes acabaron con la violencia. Asimismo, Pérez activó el “Plan Ávila” lo que significaba que el Ejército debía velar por la seguridad de la ciudad capitalina, habilitándolos para el uso de armas de guerra al momento de contener las manifestaciones.

Según la cifra oficial emitida por el gobierno de Pérez, los sucesos de 1989 dejaron como resultado al menos 276 muertos, numerosos lesionados, varios desaparecidos y cuantiosas pérdidas materiales. Sin embargo, de acuerdo a la información del Comité de Familiares de las Víctimas (Cofavic), “Nunca pudo conocerse la cifra exacta de civiles muertos en estos sucesos”.


Causas e Interpretaciones del Caracazo

Este documento es bien interesante, se encuentra en PDF ya que es un poco extenso, sin embargo, nos muestra una idea de todos los factores que de alguna influyeron en el suceso El Caracazo.

http://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=2719251




El Nacional, domingo 21 de febrero de 1999, p. H-1

El 27-F llegué a Miraflores a las 9:00 de la mañana y en la avenida Bolívar comenzaba el colapso. Cuando subí al despacho del number one (Carlos Andrés Pérez ), llegó una secretaria, Gladys Vásquez, neurótica por la cola. «Me tuve que venir caminando, pues los motorizados tienen eso trancado. Voy a llamar ya al gobernador de Caracas».
El teléfono estuvo sonando todo el día, desde todas partes. Muchas llamadas eran para solicitar audiencias, otras para saber si ya se había recibido tal o cual correspondencia, que «cuándo me van a responder». Recuerdo la llamada de Miguel Rodríguez en la tarde, desde Washington, donde se encontraba firmando la carta de intención con el FMI, acompañado por Pedro Tinoco y Eglé Iturbe de Blanco —ministra de Hacienda que no tomaba parte en las conversaciones, pues no habla inglés. A pesar de la información que nos llegaba del ministro, el titular de Relaciones Interiores, Alejandro Izaguirre, no daba crédito a las versiones —ya en extremo delicadas— sobre lo que pasaba en Caracas. La avenida Francisco de Miranda, en la parte que llega a la redoma de Petare, ya estaba destrozada al mediodía. El Presidente no lo creía. Al final de la tarde nos preparamos para salir al interior. CAP aprueba confiado su agenda del 28 y le ordena a Izaguirre hablar por televisión al país. Viaja a Barquisimeto acompañado por los ministros Reinaldo Figueredo, Moisés Naím y Carlos Blanco.
El jefe de la Casa Militar, general Oscar González Beltrán, nos dice a mí y al ministro Naím que bajemos en nuestros carros, pues el Presidente lo hará en el suyo. No es conveniente usar el helicóptero presidencial, pues ya se encontraban francotiradores disparando como gatillos alegres desde los edificios del 23 de Enero. Nos vamos por la avenida Sucre, porque Catia es un desastre. Todo el mundo iba caminando, ya el Metro había cerrado sus puertas y el transporte público estaba paralizado. Todavía no se veían vitrinas rotas ni bandas saqueando.
Aviones y helicópteros En la rampa cuatro esperaba el avión presidencial. Era la primera vez que subía en el triple cero uno. Un Boeing 737, cómodo para vuelos cortos, pero muy deteriorado. El coronel Paredes, quien era el segundo al mando en la Casa Militar, dijo que Lusinchi lo usaba poco, que a Blanca le gustaba viajar en los Gruman. Por ello el descuido. «En los próximos días lo enviaremos a EE.UU. para hacerle servicio y de paso aprovechamos para renovar la cabina». También instrumentó un cambio para devolverle a la nave presidencial la jerarquía que se merecía, mejorando su mantenimiento sustancialmente e intercambiando con Viasa personal de cabina, pues eran suboficiales de la fuerza aérea quienes atendía las naves presidenciales. A las 7:00 pm, cuando llegó el number one, le pregunta a sus ministros qué información tenían sobre lo del día y Naím todavía no lograba hablar bien. Carlos Blanco sí le hizo un análisis acertado. Le preguntó por el ministro de la Defensa y CAP le dijo que había salido de Caracas, que a esa hora debía regresar. «Yo he hablado con Izaguirre y el gobernador de Caracas». El vuelo despega, CAP se encerró en su cabina a revisar papeles. Los ministros paladean un «vasodilatador».
Aterrizamos en Barquisimeto y el gobernador, Mariano Navarro, acompañó al Presidente al lugar donde se celebraría la reunión. En la suite del hotel le dijeron al Presidente que observara la pantalla de TV: las imágenes eran fuertes. «Eso fue al mediodía», dijo el number one. «Okey, pero hablen con Izaguirre de todas maneras, llámenmelo», añadió. Antes de bajar al salón de convenciones del hotel Hilton, CAP habló dos o tres veces; en tono terminante dijo: «A esta hora ya todo se ha calmado». En su discurso le dice a los miembros de la Asociación de Ejecutivos de Venezuela que «no hay que alarmarse por la situación. Vamos a aprovechar la crisis para generar bienestar».
La ruta para llegar hasta el aeropuerto fue la más larga que podíamos usar. La caravana presidencial se vio obligada a dar una tremenda vuelta, evadiendo el centro de Barquisimeto. En esa ciudad la situación también había sido dura durante el día. González Beltrán, quien era un oficial de altísima calificación y un hombre responsable, estaba sumamente cauteloso. De hecho, cuando llegamos a Maiquetía no quería que Número uno se bajara del triple cero uno. «¿Qué pasa?», le preguntó Pérez. «Estamos esperando información, señor Presidente, para ver si subimos por tierra o en helicóptero hasta La Carlota», respondió el oficial. «A esta hora ya la gente se tranquiliza», dijo CAP, pero no le abren la puerta del avión y reclama: «Bueno, bueno, yo me voy en mi carro, baje la escalera que voy a salir».
Como yo no tenía carro, le pedí la cola hasta Miraflores al comandante Ramón Rivero, jefe de la Escolta Civil, un extraordinario policía, valiente, profesional, muy serio, quien me preguntó: «¿Tú le echas pichón a meterte por la avenida Sucre, para ver si es verdad lo que dicen los militares?». «Vamos, Ramón, ¿quién dijo miedo?», respondí. En eso subió al carro, sin pedir permiso, el comisionado para la Concertación, Luis Alfredo Freites, quien también venía en el vuelo. Subimos por una solitaria autopista. Cuando entramos en Catia ya estaban las patotas de malandritos —como de 12 años, promedio— cayéndole a patá limpia a las santamarías de los locales comerciales.
Visión horrorosa
Toda la avenida Sucre, que en las mañanas es fea y en las noches espantosa, presentaba un aspecto aún más desfigurado. Parecía que Atila con sus bárbaros hubiese pasado antes que nosotros. Cerca de la esquina del 23 de Enero, dos carros quemados bloqueaban el tránsito; tres encapuchados impedían el libre acceso de vehículos por la zona, valiéndose de una escopeta recortada, armas cortas y cinco o seis cauchos quemados. El chofer preguntó: «¿Qué hago, comisario?». «Tírales el carro», respondió el policía. Entonces embistió, decidido, contra el encapuchado de la escopeta, quien nos apuntó directo al parabrisa. Yo iba en el asiento de atrás, en todo el centro. La escopeta la vi en mi frente: «Ahora vienen los perdigones», pensé. Ramón estaba armado con una Beretta 9 milímetros, la cargaba montada sobre el retrovisor derecho. No hubo fuego. El encapuchado brincó cuando el carro amenazó con atropellarlo. Mi amigo permaneció flemático.
—¿Te puedo hacer una pregunta, hermano? -le dije a Rivero cuando ya habíamos entrado en Palacio.
—Con toda confianza -respondió.
—¿Por qué no le disparaste a ese tipo? Ha podido matar a cualquiera de nosotros.
—Porque el amigo tuyo, ése que se monto sin pedirme permiso, hubiera estallado en sollozos, por los derechos humanos de esos bandidos. Esto es muy serio, Ignacio, no debemos perder tiempo, hay que actuar sin contemplaciones. Vamos a hablar con el Number one.
Me respondió el edecán de guardia, quien venía con el Number one en la limosina presidencial. «Nos salimos por la avenida San Martín y luego subimos hasta aquí por la Baralt», explicó un escolta, ante la pregunta de Rivero, quien quiso saber por qué habían tardado tanto en llegar a Palacio.
—Presidente, usted tenía razón, la cosa es delicada —se escuchó desde el otro lado de la línea. CAP estaba conversando con Italo del Valle Alliegro, ministro de la Defensa, a quien había llamado desesperado cuando entró a su despacho.
El Presidente, después de hablar con Alliegro, llamó a Gonzalo Barrios. CAP contó por la línea lo que sucedía: «Es horroroso lo que vi en los sitios en los que me metí cuando venía para Miraflores». Le dijo a Barrios que había ordenado movilizar tropas del Ejército desde el interior, como fuera, pues Caracas no contaba con los efectivos suficientes. El contingente no se había renovado enteramente en enero, como siempre se hace, por las elecciones de diciembre. Barrios acotó: «Cuando el ejército sale a la calle, es para matar gente», eso detuvo un poco el ímpetu azaroso de CAP.
—De todas maneras, transporten efectivos del interior, a como dé lugar —le reiteró a Alliegro en otra llamada interministerial. En ese momento abandoné el despacho presidencial y me ubiqué en el área de la Secretaría Privada. No recuerdo que CAP hablara ni con Izaguirre ni con los gobernadores de Caracas o Miranda. Tampoco que éstos lo hubiesen llamado mientras permanecí atendiendo sus teléfonos. Era más de la 1:00 de la madrugada del 28, cuando el Presidente subió para su cuarto: «Voy a intentar descansar algo», dijo. «No, no tengo nada de hambre», le respondió al mesonero cuando le preguntó si deseaba cenar. «Tráigame una manzanilla y me despiertan por cualquier llamada o cosa importante que suceda».
La cosa está fea
El teléfono repicaba y repicaba. Algo nunca visto a esa hora. La gente llamaba para saber qué hacer. Desde Coche, El Valle, Caricuao, La Vega y de otras parroquias caraqueñas entraban mensajes telefónicos en los que cundía la angustia, el desasosiego. «Hijo, haga algo, dígale a Carlos Andrés que me están destruyendo la casita y me están robando los perolitos», me rogaba una compañera desde Antímano. Aún hoy, cuando esto escribo, siento intactos —e impotente— sus desgarros. Era cierto, incluso durante toda la madrugada hubo saqueos en las inmediaciones de Miraflores. Frente al Liceo Fermín Toro, las hordas tenían una especie de depósito a donde llegaban con las mercancías que lograban robar por la zona. Los soldados de la Guardia de Honor permanecían inmóviles, custodiando el Palacio, atentos, esperando instrucciones sobre cómo actuar. Estuve como hasta las 4:00 entre el estacionamiento y el despacho de Number one; el acceso para el helipuerto era restringido. Desde el 23 de Enero, los «gatillos alegres» proseguían incesantes la descarga. A pesar de la hora se mantenían las llamadas desde diferentes zonas de la capital. Me fui a descansar a Sabana Grande. Dejé el paltó y la corbata para caminar con comodidad. Al pasar por el liceo, uno de los malandros que estaba frente a su guarida, medio drogado o medio borracho, sin dirección en la vista, preguntó si yo no iba a «saquiá también». «No, brother, voy pa'otro lao», respondí para seguir raudo en busca de un taxi.
Unas horas después, a las 7:00 de la mañana, salí para Palacio en metro, mi carro me lo habían robado en los días previos a la toma de posesión. Subí caminando hacía la Urdaneta. Entre La Francia y la esquina de Jesuitas, unos guardias nacionales venían persiguiendo a un maleante que había pretendido destruir la vitrina de una joyería. Seguí caminando y llegué a Miraflores a las 9:00 am. «La cosa está fea», me dijo un dirigente sindical de AD, Federico Ramírez León, quien ya había sido autorizado para una ayuda mensual por 100.000 bolívares de la partida secreta. El no sabía que yo lo sabía, y a lo mejor era verdad que andaba informándose y no cobrando su cosita, que para esa época eran más de 2.000 dólares. Cuando entré al despacho, ya CAP estaba reunido con varios colaboradores. A las 11:00 era la reunión del Consejo de Ministros, para redactar un decreto de suspensión de garantías.
Después de la reunión ministerial se produce una cadena de conversaciones con distintos sectores del país, para explicarles a cada uno de ellos las medidas que se iban adoptar. ¡Pero nada se hacía!
Toda la élite del país se reunió en Miraflores y entendió que debía apoyar el sistema. Por eso creo que no cayó el gobierno, en ese momento. Lo contrario no lo hubiera soportado nadie. La poblada aflojó la reticencia de las cúpulas para materializar acuerdos. Por ejemplo, fue en el comedor de los ministros —no almorzando precisamente— y cerca de las 3:00 de la tarde, donde Hugo Fonseca Viso y Antonio Ríos se pusieron de acuerdo, súbitamente, en algo que los había mantenido enfrentados todo el mes: el nuevo salario mínimo. Cuando regresé a Palacio, CAP todavía le estaba contando a un grupo —recuerdo que estaban Teodoro Petkoff, Andrés Velásquez y Vladimir Gessen— cuáles serían las garantías que se suspenderían. Petkoff decía que el MAS «no apoyaría el acuerdo de suspender garantías, si el Gobierno no aplazaba su paquete fondomonetarista». «Esto se está alargando más de lo debido», le dije al ministro Reinaldo Figueredo. Le conté la angustia, el desasosiego que vi. «Es verdad, pero ésta es la última reunión», respondió Figueredo. Dicho y hecho, terminada la conversa, number one salió de allí ¡por fin! para hablarle a Venezuela desde el Salón Ayacucho.
Imagen televisiva
Después de la cadena de televisión, en la que CAP anunció la suspensión de garantías, nadie podía salir, pues ya el toque de queda había comenzado y nadie tenía salvoconducto. Se tuvo que autorizar al jefe de la Casa Militar para que firmara el de las personalidaes y el de los empleados que todavía estábamos en Palacio. Number one se fue a su despacho; pidió que hicieran pasar a Ramón J. Velázquez, quien se encontraba en el salón. Quería saber lo que Velásquez pensaba acerca de todo lo sucedido. Me quedé en el salón Ayacucho, donde Izaguirre iba a leer el decreto de suspensión de garantías. «Es mejor grabar eso», le sugirieron a Pastor Heydra, quien dijo: «¡No! Hay que salir al aire de una vez. La gente está deseosa de saber algo».
Lo mismo que sintió el ministro del Interior cuando comenzó a hablar, creo que lo sentí yo: un cavernoso vértigo. El ministro de la Defensa escarmentó en cabeza ajena y ordenó: «A mí me graban». Se intentó cuatro veces y a la quinta resultó. El uso de la tecnología lo convirtió en héroe nacional. «Ese hombre salvó al Gobierno», decían unos. «Tiene carisma», exclamaban las mujeres. «¿Que le pasó al ministro Izaguirre? «, preguntó Pérez. «Se le bajó el azúcar», fue la respuesta del doctor Téllez. En la calle se especulaba que «embarró los pantalones». «No, eso fue que no lo dejaron hablar los militares», exponían otros. La industria del rumor regresaba después de muchos años en recesión. Así son las cosas.
A las 8:00 pm se marchó la última de las personalidades que quedaban en el despacho. Number one invitó a cenar a Claudio Fermín y a Héctor Alonso López en su suite. Afuera, los disparos todavía se escuchaban desde el 23 de Enero. También el paso de helicópteros del Ejército, que transportaban tropas desde diversos puntos del interior. Llegaron, entre esa noche y la mañana siguiente, más de 8.000 refuerzos para frenar el vandalismo.
Subí a despedirme de Number one, la cena estaba terminando. En eso escuche a Héctor Alonso decirle al Presidente una cosa que después él repetiría, provocando la reacción de empresarios y de gente adinerada: «Esto fue una reacción de los pobres contra los ricos». Minutos antes, uno de los edecanes de CAP, el capitán Julio Peña, embutido en traje de campaña y con un FAL en sus manos, afirmó: «A partir de este momento se sabrá si todo esto fue dirigido. Si se producen saboteos de cualquier tipo, es porque hay alguien detrás de todo esto». Esa era la gran pregunta que se formulaban todos los miembros de la élite venezolana, reunidos en Palacio esa tarde. Ninguno fue capaz de reconocer que ellos mismos eran culpables, por su egoísmo, por sus corruptelas, por su autismo de tantos años. Claudio se levantó de la mesa y todos lo siguieron. Aproveché para irme con él. Estaba agobiado de tanta vaina. Sentado en el interior de su carro, un Conquistador blanco, me impresionó el control parsimonioso que usaba para dar instrucciones a su chofer sobre cómo conducir: «Despacio», le decía con los letargos que le imprime a su timbre de voz, «encienda las intermitentes; encienda, además, las luces interiores, para que podamos ser vistos desde afuera», y agregó: «Enseñe este papel cada vez que lo detengan». Los salvoconductos. Nos pararon en tres oportunidades. Todas fueron como orquestadas. La actitud violenta, represiva, la compartía la soldadesca en esas alcabalas improvisadas.